¿Es mala la agresividad?

En la sociedad actual la “agresividad” tiene mala prensa, se relaciona con algo peligroso, violento, maleducado, destructivo…

 

Mucha gente viene a mi consulta diciéndome:

“Elena, quiero controlar mi agresividad, mi rabia”;

“no quiero sentir esta rabia, me come por dentro”;

“si me enfado creo que puedo destruirlo todo”…

 Durante mucho tiempo los psicólogos han ayudado a controlarla, canalizarla…

Sin embargo, se ha demostrado que sin agresividad, la persona se queda sin poder movilizar su energía para defenderse, sin fuerza para hacer respetar su propio espacio, sin protección para no dejar que lo pisen.

La Teoría

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Winnicott (psicoanalista y pediatra, que se ha ocupado de estudiar el tema de la agresión en el niño vinculada con la formación de su personalidad) afirmaba que cuando la mamá permite a su bebé que muestre su fuerza, su movilidad, su agresión primaria; el bebé podrá sentir angustia por temor a perder a su mamá por haberla dañado y esta angustia la contiene por la confianza de que podrá repararlo y se convierte en sentimiento de culpa.

Pero si la mamá permanece cercana, cariñosa, esa culpa se convertirá simplemente en “preocupación por el otro”.

Es decir que la agresividad, aunque suene paradójico, tiene como metas positivas llevar al reconocimiento del otro como tal, aceptando su diferencia y favorecer el sentimiento de responsabilidad, amor y cuidado por el otro, así como permitir el desarrollo de la creatividad.

El autor dice: «…si la sociedad está en peligro no es a causa de la agresividad del hombre, sino de la represión de la agresividad individual»

 Riesgo de accidente cardiovascular

Todo eso está muy bien, dirás, pero ¿cómo puedo expresar mi agresividad sin que la cólera se apodere de mí?

Porque sentir cólera de forma continuada dicen numerosos estudios médicos que aumentan los riesgos de sufrir un accidente cardiovascular.

Está claro: la cólera moviliza la energía y prepara el cuerpo para la acción (acelerando la frecuencia cardiaca, el ritmo respiratorio, subida de temperatura). Para ello, el organismo libera grasa en la sangre a fin de quemarla.

Y eso no lo podemos controlar voluntariamente.

Y si ese ataque de ira es contra nosotros mismos, esas grasas no las quema en ninguna acción y se depositarán sobre las paredes de las arterias, aumentando, a largo plazo, el riesgo de infarto o de ataques cerebrales.

Por tanto, la agresividad hay que expresarla, exteriorizarla…para no explotar por dentro.

Regulación interna

Pero ¿cómo? ¿CÓMO?…

“¿Qué dirá/hará mi jefe, mi mujer, mi marido, mi hijo/a, mi madre, mi padre…?”.

Sí… todos nuestros actos, nuestra expresión, nuestro movimiento tienen consecuencias. El problema está cuando no sabemos medir las consecuencias de lo que hacemos. Se llama falta de regulación interna.

Como decía Winnicott, la mamá tiene la función de regular la agresividad vital de su bebé y cuando esto no sucede por los motivos que sea (poco importa), ese bebé se convierte en un adulto disregulado en ese aspecto de su vida.

Es decir, se convertirá en alguien continuamente enfadado, amargado, incluso violento. O por el contrario, se convertirá en alguien a quien se puede pisotear fácilmente, de quien todos se aprovechan. 

Soluciones

¿Y cómo salir de esa trampa?

La única salida que conozco es volver a regular lo no regulado en nuestro cerebro límbico (ese encargado de las emociones) y nuestra amígdala (directora de orquesta de las emociones, capaz de controlar los reflejos).

Y para ello hay que actualizar ese patrón de comportamiento de la mamá y su bebé:

Necesitamos encontrar a alguien que nos permita expresar toda nuestra agresividad, que pueda contenerla, mostrarnos cómo le afecta, y después nos abra de nuevo su corazón, sus brazos, su amor. Así, la culpa que sentimos al enfadarnos, al expresar nuestra agresividad contra alguien, se transforma en un sentimiento de “preocupación por el otro” y, finalmente, nuestro corazón se puede abrir al amor, a la responsabilidad y al cuidado sincero por el otro.

Y lo más parecido a esa relación mamá-bebé que conozco, es la relación terapeuta-paciente.

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