He pensado mucho si escribir esta entrada o no.
Tal vez no sea «políticamente correcta». Tal vez no estés de acuerdo cuando lo leas. Me encantará que lo expreses y podamos «discutir».
Por eso quiero empezar pidiendo disculpas. No me siento, ni mucho menos, con «la verdad absoluta», sólo hablo de lo que sé por mi experiencia de vida como madre, como psicóloga, como trabajadora social.
¿Cuál es la polémica con la psicología infantil?
En Mayo del 2013, se publicó el nuevo manual que psiquiatras y psicólogos utilizan para diagnosticar y ofrecer tratamiento: el DSM-5. Y salió con mucha polémica. Principalmente en lo que se refería a «los trastornos infantiles».
Las dos posturas:
- Diagnosticarlo «todo», es decir, ponerle la «etiqueta de enfermedad» a muchas conductas de los niños y adolescentes; por ejemplo: incluir al trastorno de los berrinches repetidos, que incluye a los chicos que exhiben irritabilidad persistente y tienen “episodios frecuentes de ataque de llanto tres días o más veces por semana durante más de un año”.
- En contra de la patologización y medicalización de la infancia: “Los berrinches son descargas de los chicos. No deberían ser considerados trastornos porque se pasa a considerar a los chicos como máquinas que necesitan repuestos, y eso lleva a medicarlos”.
Por qué no llevaría a mi hijo a un psicólogo infantil
1. A él no le molestan sus conductas, me molestan a mi, a su padre, a su maestra…
Cuando un adulto viene a mi consulta, viene con un síntoma. Es decir algo que le «molesta» porque le impide continuar con su vida. Eso es así, porque tiene «consciencia» de lo «correcto», lo «normal», lo «moral»… Sabe las consecuencias de sus actos y quiere cambiar.
Un niño está en fase de exploración, de maduración. Busca y prueba diferentes actitudes, comportamientos como lo haría un científico, por ensayo y error.
No se muestran irritables, inquietos, decaídos… por fastidiarme a mi, o a su padre o a su maestra. Lo hacen porque tienen todo un abanico de emociones que sentir, que explorar y van probando las que más encajen con ellos, con las que más cómodos se sienten.
Y eso, a los «mayores», muchas veces nos molesta. Porque nos cuestionan, nos remueven «secretos internos» muy bien guardados hasta ahora, nos hacen cambiar, tener que adaptarnos a ese «pequeño explorador».
2. Cuando lo concebí acepté que lo cuidaría, protegería, amaría.
Porque ser madre, o padre, implica una fuerte renuncia. Y de eso no todas las madres ni padres son conscientes (de nuevo es un problema de los padres, no de los bebés ni niños).
Cuidar, proteger y amar a un hijo implica tener que renunciar a nuestro propio espacio personal durante unos años: menos horas de sueño, ir al water «acompañada», en todo lo que haces la prioridad es tu hijo, dejar de trabajar (o de trabajar tanto), dejar tus preferencias por su bienestar….
Y lo más importante: que esa renuncia la puedas vivir como un placer. El placer de transmitir la vida. Si es una «carga» para ti, tu hijo lo notará y protestará enérgicamente….a pesar de tu gran esfuerzo…
¿Duro, verdad?
3. Él nunca se sentirá seguro, sino me siente a mí segura
Porque si un niño es desobediente, tiene rabietas, tiene problemas con la comida, o con el sueño…es porque no se siente seguro.
¿Seguro de qué? De tu amor. Necesita ponerte a prueba. Busca tu punto débil y ahí «ataca». Y lógicamente, todo esto no es consciente, deliberado, no lo hace para fastidiar.
Simplemente no sabe hacerlo de otra manera. Hay que enseñarle. ¿Cómo? Siendo ejemplo de seguridad. ¿Cómo? Disfrutando de la crianza de nuestro hijo, y de sus rabietas también. Sabiendo poner límites con amor, es decir, sabiendo que unas veces se gana y otras se pierde.
4. No lo sé todo como madre, pero sé pedir ayuda
Porque en ninguna sociedad una madre ha criado a su hijo en solitario. Siempre han estado las tías, abuelas, vecinas…
Hay veces que nos instalamos en el podio de la «super-woman», que todo lo puede, todo lo sabe…y nos «morimos» de la angustia, el estrés…
Y nuestro hijo reacciona ante nuestra angustia y nuestro estrés, de la forma que puede: llorando, enfadándose, siendo impertinente…
Tenemos que levantarnos a pedir ayuda, a reconocer que no sabemos cómo seguir, y buscar soluciones diferentes a las que ya tenemos.
5. Mis 24 horas al día ejercen más influencia que sus 1-2 horas a la semana
Imagínate que un soldado que está en la guerra, tiene la posibilidad de ir todas la semanas una hora al spa. ¿Dejaría de vivir como traumáticas las imágenes de violencia, desolación, dolor…de la guerra?
Esto es así porque la niñez y adolescencia son períodos vitales de una persona, donde su cerebro está en continua conexión neuronal. Por tanto, necesita de la constancia, la presencia. Un estímulo fuerte semanal (consulta del psicologo infantil) dejará una huella demasiado pequeña en su desarrollo, tanto que pasará inadvertido si lo comparas con tus 24 horas de presencia.
Por lo que es mejor para tu hijo que tú te «cures», cambies, crezcas…para darle «sus» 24 horas de calidad.
6. Él es una esponja, su cerebro está en pleno rendimiento
El ser humano es el mamífero que más inmaduro nace. Necesita de los 15-16 primeros años después de su nacimiento para terminar de configurarse todo el potencial de su desarrollo.
Los protagonistas de los complejos procesos neurobiológicos que están ocurriendo al interior del cerebro de un niño son las neuronas y sus conexiones. Y esto se consigue mediante la mielina, los mensajeros químicos que transmiten la información, las hormonas, centenares de iones y la poderosa energía vital.
Se ha demostrado mientras se desarrolla el cerebro superior o racional, mandan los cerebros mamífero y reptil. Y cuando estos cerebros más primitivos se activan, se desencadenan emociones intensas (miedo, ira, angustia), y debemos ser nosotros, los padres, los que les ayudemos a calmar la tempestad para que el cerebro empiece a crear conexiones que le ayuden, más adelante, a controlar las situaciones estresantes.
Si esto no sucede, si el niño no crea esas conexiones, podría crecer con dificultades para entender, controlar y reflexionar acerca de sus propias emociones.
7. No me siento culpable por hacer las cosas mal, sé aprender, modificar mis conductas… y ser un ejemplo de superación para él
Cuando decidimos dar el testigo de la educación de nuestro hijo a un profesional es que nos hemos rendido. La culpa y el fracaso ocupan toda nuestra vida, y por tanto, la de nuestro hijo.
Cosas mal todos hacemos. No pasa nada. Lo importante es poder rectificar, corregir, pedir perdón.
Y eso es crear un estilo de vida, un estilo de crianza con seguridad. Y eso es lo que necesita un niño para su correcto desarrollo.
Por tanto, si no sabes qué hacer con tu hijo. Ve y pregúntalo. Tal vez tengas que acudir a un profesional que te ayude a cambiar cosas de ti que frenan el crecimiento de tu hijo…
Nadie dijo que fuera fácil. Cuídate y cuídalo. Lo merecéis.
Infórmate aquí. Podemos ayudarte.
Y termino como empecé:
Tal vez no sea «políticamente correcta». Tal vez no estés de acuerdo conmigo. Me encantará que lo expreses y podamos «discutir».
Elena González Silva,